http://www.mayniacs.com/sasband/images/wwry.jpg ñqiwueñ inmediaciones de la zona que barrían, reconocíamos su presencia en no sé que color azul grisáceo, y ajustábamos un punto cinturón y tirantes, a la espera de los grandes remolinos. Comenzábamos un vuelo penoso, cayendo a cada paso en baches invisibles. Era un trabajo manual. Durante una hora, los hombros aplastados por esas variaciones brutales, hacíamos un trabajo de estibadores. Más allá, una hora después, encontrábamos la calma.
Nuestras máquinas resistían. Confiábamos en las junturas de las alas. La visibilidad, por lo general, era buena y no planteaba problemas. Considerábamos esos viajes como una tarea dura, no como dramas.
Pero ese día no me gustaba el color del cielo.
El cielo estaba azul. De un azul puro. Demasiado puro. Un sol duro brillaba sobre la tierra raída y hacía resplandecer, cada tanto, esos espinazos blanquecinos hasta el hueso. Ninguna nube. Pero a ese azul, más que nunca, se mezclaba ese resplandor de cuchillo afilado.
Sentí por anticipado el vago malestar que precede los grandes esfuerzos físicos. Esa misma pureza del cielo me molestaba.
En las tormentas negras, el enemigo se muestra. Uno lo mide, se puede preparar a recibir su embate. En las tormentas negras, se sujeta al adversario. Pero, a gran altura, en tiempo claro, esos remolinos de tempestad azul sorprenden al piloto como aludes, y siente el vacío por debajo.
También noté algo más. A nivel de las montañas había no una bruma ni vapores, no una neblina de arena, sino algo así como un reguero de ceniza. No me agradaba esa limadura de tierra erosionada que el viento arrastraba al mar. Tendí a fondo mis correas de cuero y, manejando con una mano, me aferré con la otra a un travesaño de mi avión. Y sin embargo todavía navegaba en un cielo notablemente calmo. Al fin se estremeció. Todos nosotros conocíamos esos choques secretos que anuncian tempestades verdaderas. Ni balanceo ni vaivén. Ningún movimiento de gran amplitud. El vuelo sigue siendo rectilíneo y horizontal. Pero se han recibido en las alas esos golpes anunciadores: choques espaciados, apenas perceptibles, infinitamente secos, y que estallan cada tanto, como si el aire tuviese rastros de pólvora.
Luego a mi alrededor todo estalló.
No tengo nada que decir sobre los dos minutos que siguieron. No afloran a mi mente más que algunos pensamientos rudimentarios, esbozo de razonamiento, observaciones simples. No puedo hacer un drama con eso, porque no hubo drama. Sólo puedo alinearlos en algo así como un orden cronológico.
Primero, no avanzaba. Después de oblicuar a la derecha, para corregir a una repentina deriva, vi cómo el paisaje se inmovilizaba poco a poco, luego se detenía definitivamente. Ya no ganaba terreno. Mis alas ya no devoraban el trazado de la tierra. Esa tierra que veía girar, girar, pero en su sitio: el avión patinaba como sobre un engranaje gastado.
Al mismo tiempo tenía la absurda impresión de mostrarme en descubierto. Todas esas crestas, todas esas aristas, todos esos picos, que hacían surcos en el viento y me arrojaban sus remolinos, me parecían cañones apuntándome. Así se formaba lentamente en mí la idea de sacrificar mi altura, y de buscar, en el fondo de un valle, la protección de un flanco de montaña. Además lo desease o no, era aspirado hacia el suelo.
Atrapado así en las primeras oleadas de un ciclón, de que supe por experiencia, veinte minutos después, que alcanzaba en tierra la fantástica velocidad de doscientos cuarenta kilómetros, no sentí nada trágico. Si cierro los ojos, si olvido el avión y el vuelo para buscar la expresión de mi experiencia en su íntima simplicidad, vuelvo a encontrar la perplejidad de un mozo de cordel cargado de bultos en equilibrio, que se debate contra el deslizamiento de su carga, ataja uno de los objetos con un movimiento brusco que provoca el desmoronamiento de otro, y que de pronto, cuando está completamente ahogado en el absurdo, se encuentra tentado de abrir los brazos y abandonar la pila íntegra. Ninguna imagen de peligro rondaba mi espíritu. Hay una especie de ley del camino más corto de la imagen; el acontecimiento es encerrado en el símbolo que lo resume en el más rápido escorzo; yo era ese acarreador de vajilla que resbaló y dejó caer su edificio de porcelana.
Ahora soy prisionero de un valle. Mi incomodidad, lejos de atenuarse, se acrecentó. Los remolinos, ciertamente, no han matado a nadie. Bien sabemos que la expresión "pegado al suelo por los remolinos" no es más que una expresión de periodista. ¿Cómo descendería el viento bajo tierra? Pero hoy, en mi fondo de v